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lunes, 22 de febrero de 2021

Una aproximación a los clásicos: El año del verano que nunca llegó

William Ospina es un autor colombiano, afamado por sus novelas y textos diversos. En un relato que asemeja a una novela El año del verano que nunca llegó (2015, Literatura Random House) nos retrata el andar del autor por saber qué sucedió aquel fin de semana en una villa donde nacen, entre las velas y el clima misterioso, grandes personajes de la literatura: Frankenstein, el Vampiro.

En esta villa de Ginebra, lord Byron, Mary Shelley, John Polidori y el poeta Shelley terminan un viaje por Europa y entre las tertulias, surgen estas historias que han marcado la literatura internacional.

El relato arranca indicando que, en 1816, un volcán en Indonesia hace erupción, y el eco de sus cenizas va por todo el mundo, provocando que el verano de ese año “no se viviera”, pues originó un cambio climático temporal desconocido. Claro, en esa época de noticias que viajan lento, no se conoció hasta mucho tiempo después la situación vivida.

En este marco histórico, Ospina se va enfrentando, a veces por gusto, a veces por azar, a una situación imprescindible: biografías, relatos, encuentros y entrevistas, cartas, testimonios, toda historia que envuelve a estos cuatro románticos y sus vidas. Ligados por su creatividad y por sus pasiones, a veces por sus excesos o sus ideales, el relato va explorando su personalidad para ir revisando las decisiones que con llevan a ese verano y a ese viaje de Inglaterra a Ginebra.

En los más de 50 capítulos del texto, el autor va haciendo un relato-road, donde la geografía de América y Europa va ando elementos históricos para recrear el deseo creativo que entre ellos existe.

Si bien el narrador-personaje se plantea como Ospina, la realidad es que es la voz narrativa la que nos permite mantener el paralelismo entre 1816 y el presente.


A ritmo lento, desde una visión personal, y con una exploración a detalle, entre el romanticismo, la duda, la exploración, la reflexión, notamos cómo hay personajes que, aunque ficcionales, logran mantenerse y fijarse en nuestra realidad de una manera tal que a través de la literatura logran mantenerse y recrearse continuamente.

En texto para quienes desean conocer más del proceso creativo, apasionados por las historias de misterio, explorar más del romanticismo y claro, conocer a este importante autor colombiano.

En este espacio hemos comentado su ensayo La lámpara maravillosa: cuatro ensayos sobre la educación y un elogio de la cultura  (http://literaturaexperienciaviva.blogspot.com/2013/10/la-maravilla-de-la-lectura-y-la.html) y la afamada novela Ursúa, una mirada histórica a la colonia en Colombia (http://literaturaexperienciaviva.blogspot.com/2017/07/ursua-una-mirada-historica-la-colonia.html)

lunes, 25 de noviembre de 2019

Otra de poesía, Una antología personal de Piedad Bonnett



Y al toparme Feria del Libro Monterrey en el Fondo de Cultura Económica la versión de sus poemas en “Los privilegios del olvido: antología personal" (Tierra Firme, 2008), descubrí su vasta obra poética. El lenguaje lírico de su narrativa adquiere aquí una nueva dimensión en la poesía: los momentos cotidianos son ahora postales poéticas.

La antología recopila poemas destacados de 6 publicaciones anteriores: Tretas del débil (2004), Todos los amantes son guerreros (1998), Ese animal Triste (1996), El hilo de los días (1995), Nadie en casa (1994) y De círculo y cenizas (1989), así como el prólogo La poesía de Piedad Bonnett: Un lugar para lo genuino de José Watanabe.

Entre los más de 100 poemas aquí compilados, un número de ellos carece de título, pero no sentimientos. Pareciera que todo es un pretexto para la poesía: los cometas, los árboles, la naturaleza, los gatos, las palabras, el paisaje, la luna, la noche, el poema, las reliquias.

Desde las primeras hojas destaca el poema 3 (23)
“Comprobaste
con asombro dolido
que no era bella tu muñeca reciente.
La vida incompasiva no había puesto en mis ojos
el verde musgo que alumbraba los tuyos.
y sí una fea mancha carmesí
sobre el labio infantil. Pero, puesto que la belleza era tu credo,
ibas a batallar contra la injusta
naturaleza. (…)”

El duro arte de crecer y el asombro de quienes nos toca atestiguarlo.

El enfrentamiento, casi miedo al primer amor y, de nuevo, el crecimiento, domina en el poema 5 (25)
“Tenía miedo de tu miedo
y miedo de mi miedo. (…)
Yo pensaba que el mundo era cosa de hombres,
mientras mis senos
crecían en abierta rebeldía.”

La muerte es otro tema en su obra. En el poema 12, asombra la muerte de un niño, y precisamente una menor de edad pregunta “¿No era la muerte sólo de los viejos?” (28) Mas que dolor, produce asombro.

En el poema 18 (33), que aquí pongo íntegro, la muerte, las ausencias y lo cotidiano se hacen presentes:
“Desde la ventanilla del viejo bus
veo el mundo correr,

los árboles correr,
correr el viento,

el niño que dice adiós correr,
el postigo, la alambrada, el camino.

¿Son ellos
los que se van
son ellos los que huyen?

Mi hermana y yo llevábamos abrigos:
ella rojo y yo azul,

mi hermano duerme.

No lloren,
madre,
padre,

el llanto de un adulto es una piedra
en la espalda de un niño silencioso.”

Y el crecer, siempre despierta temor, recuperar o dejar ir la niñez:

21 (36)

“Allá abajo
la ciudad nueva, la inventada por ti,

Que ahora te retocas los labios,
te embelleces para ella.

Qué bonita
familia,

Como para un retrato.

Abran, niños, los ojos
y sonrían.”

Las personas dejan de ser entes para ser los viajeros, el hijo pródigo, los estudiantes, los forasteros, el vigilante, un hombre con miedo.

Destaca El hijo pródigo, que reinventa la fábula evangélica para decir:

“Ya no teníamos pasos, ni pies, sólo la furia
de tener que vivir y en la memoria
el rescoldo aún tibio de nuestros pobres miedos (…)

Decidí regresar
porque la muerte allí es más mía que esta muerte.” (44-45)

Quienes estudiantes – Los estudiantes (47)- también brotan de lo cotidiano para convertirse en poesía:

“Los saludables, los briosos estudiantes de espléndidas sonrisas
y mejillas felposas, los que encienden un sueño en otro sueño
y respiran su aire como recién nacidos,
los que buscan rincones para mejor amarse
y dulcemente eternos juegan ruleta rusa,
los estudiantes ávidos y locos y fervientes,
los de los tiernos cuellos listos frente a la espada,
las muchachas que exhiben sus muslos soleados
sus pechos, sus ombligos
perfectos e inocentes como oscuras corolas,
qué se hacen
mañana qué se hicieron
qué agujero
ayer se los tragó
bajo qué piel
callosa, triste, mustia
sobreviven.”

La muerte se presenta de nuevo en Regreso, To be or not to be y Oración (55)
“Para mis días pido,
Señor de los naufragios,
no agua para la sed, sino la sed,
no sueños
sino ganas de soñar.
Para las noches,
toda la oscuridad que sea necesaria
para ahogar mi propia oscuridad.”

Certeza nos regala un poderoso final, paradójicamente, sobre lo que es ésta:
“No tenerte
es esperar
confiada
que no llegues.” (61)

Nos pone a pensar en el deseo y el sexo con Los hombres tristes no bailan en pareja, Voyerismo, y Porque es sola la noche.

Y las cuestiones comunes también: las siestas, la certeza, el caleidoscopio, las señales, los espejos, las tareas domésticas, las noticias, las caricias. Eso queda plasmado en Rito, La venadita, [Por la ventana contemplo], Revelación (112):
“De niña me fue dado mirar por un instante
los ojos implacables de la bestia.
El resto de la vida se me ha ido
tratando inútilmente de olvidarlos.”

Las cosas que pasan desapercibidas como el baile, la sonrisa, el adiós, el llamado, el proceso digestivo, los sueños, la fiesta, el nombre.

Ahí destacan Cuestión de estadísticas, Biografía de un hombre con miedo, Sólo tu nombre (139):
“Pienso en la dulzura de poseer sólo tu nombre
e ignorar todo e inventarlo todo, salvo tus ojos, su infinita
oscura soledad y la furiosa
presencia de la sangre en tus arterias, el palpitante
arrullo de tu pecho que no he oído, yo que debo callar
mientras te alejas, mientras te acercas pálido, invencible
a mi noche en que el tiempo no te toca, sin ayer, sin mañana,
desnudo como un ángel que no puede
remontar las fronteras de mi sueño.”

Más adelante destaca Soledad de dos, Ocurre, Mapa, Soledades.

La escritura, se ha dicho muchas veces, es la invocación o la recuperación de la memoria, pero también de lo cotidiano que se convierte en extraordinario. Lo anterior queda plasmado en Precisamente (88-89):
“Mientras escribo este verso
millones y millones de seres respiran todavía en mi viejo planeta.
Prueba aquél una amenaza y descubre un gusano entre su pulpa.
Una mujer escribe una carta y solloza.
Abre la tierra este otro con sus manos, y transpira y no piensa.
Y en una esquina una muchacha espera a un hombre que no llega.
Miles de hombres y mujeres abren sus ojos y recuerdan su cuerpo y sus tareas.
Cientos de esófagos, de glándulas, de hígados, hacen su inocente trabajo
y el amor resucita caricias a un millón por segundo
y alguien se juzga feliz
y un hombre compra una cuerda y la cuelga
del árbol que en su patio florece.
Tosen, cantan, defecan, multiplican, parten su pan, aceitan su paciencia,
bufan, escupen, besan, timan a su vecino,
mienten, mienten y ríen, mienten sinceramente y apuñalan
o leen un poema,
y éste se hace un bistec y aquél cae de bruces y ya no se levanta,
y Rosa estrena su vestido verde,
y Allan le ha pegado a su joven mujer y se emborracha
y Gore cría peces en su bidet y apesta
y Lina se masturba
y Pedro se masturba
y Amarilis se pinta las uñas y camina desnuda por su cuarto en penumbra.
Millones de hombres y mujeres respiran mientras que yo te busco en la memoria
y te maldigo a ti
imposible y único
precisamente a ti
precisamente.”

Una extraordinaria antología para capturar lo efímero, lo cotidiano, el amor, el deseo, y mucho, mucho que el olvido nos permite privilegiar y, en contra parte, recordar a cada momento.

lunes, 18 de septiembre de 2017

Desde Colombia: La novia oscura

El tema de la prostitución está arraigado a la literatura latinoamericana como uno de los oficios que muchas personas han debido ejercer para comer, para salir adelante, para olvidarse de su vida anterior. Y parece un leitmotiv, que aparece continuamente en textos, anécdotas, cuentos y visiones de una Latinoamérica atorada en el pasado y el deseo de hacer algo más grande.

La novia oscura (1999) de Laura Restrepo, está contada en una forma ágil, explorando una Colombia que va evolucionando con el siglo, con una nueva “modernidad”. Todo arranca en La Catunga, de esos lugares que están en ninguna parte y en todas a la vez, donde llega una niña dispuesta a ser prostituta y el ciclista que le lleva queda prendido de ella.

Ante nosotros desfilan personajes diversos: la madrina, quien enseñará el oficio, quien está en la casa por necesidad, por gusto, por azares del destino, pero siempre dispuestas a ayudarse en medio de las tormentas y la necesidad.

En medio de ellos, la Tropical Oil y las condiciones deplorables de la extracción de petróleo en la zona, y la visión de las huelgas y la necesidad que vivir hacinados conlleva.

La novela va describiendo los personajes y va enredando la búsqueda del amor: los trabajadores que quincenalmente reciben su paga y viajan por un poco de placer o simplemente de comprensión; cómo se puede uno enamorar de otra persona sin conocerla, y un país que se construye a base de penitencias y carencias.

Me recordó a La casa verde de Mario Vargas Llosa, donde diversos personajes esperan en medio de la selva por una oportunidad, por un amor, por una forma de salir adelante.
Lo incierto reina en el presente, pero también en los nombres de los personajes, en su pasado, en aquello que les depara.

Y es que cuando una mujer se decide, no hay quien la detenga. Por ello, la protagonista (quien no narra, sino que parece un personaje más) se convierte en una novia oscura, la representación de una visión extrema de lo humano: nadie sabe su nombre real, su pasado, ni a dónde quiere llegar.

La historia de la América Latina prácticamente se vincula a la explotación de grandes transnacionales, generando miseria y un pueblo explotado que no encuentra cómo evitar trabajar 16 horas al día y vivir paupérrimamente.

La huelga del arroz, la enfermedad, el amor por una extractora, un incendio, todo se conjuga para crear un ambiente por demás oscuro, y la necesidad de saber si se regresa o se pierde la vida difícil, aunque muchas veces sí se regresa.

Una excelente novela para conocer a Laura Restrepo y su capacidad de construir personajes. Y por qué no, conocer un poco de lo que ha sido Colombia.

En este espacio hemos retomado dos novelas de Restrepo: “Entre la pasión y la locura” sobre la Isla Clipperton en La isla de la pasión (http://literaturaexperienciaviva.blogspot.com/2013/09/entre-la-pasion-y-la-locura.html) y en "La multitud y las "historias"", de la novela La multitud errante (http://literaturaexperienciaviva.blogspot.com/2010/06/la-multitud-y-las-historias.html) que nos habla de los desplazados por la guerra interna en Colombia. 

viernes, 6 de febrero de 2015

Rosario Tijeras: el límite de lo cotidiano

Motivado por el Premio Alfaguara 2014, El mundo de afuera  (http://literaturaexperienciaviva.blogspot.mx/2015/01/el-mundo-de-afuera-la-realidad-y-la.html) decidí leer más de Jorge Franco. Al poco tiempo llegó a mis manos la novela que lo hizo famoso más allá de las fronteras colombianas: Rosario Tijeras (2004) 

En una portentosa edición de pasta dura, separador de tela e impecable versión de 10 años, me enfrenté a uno de los textos más comentados, adaptados e inspiradores de los últimos años.
Y es que estamos ante una novela con un ritmo acelerado: una protagonista, un narrador-personaje, un personaje masculino que conforma el triángulo amoroso, una serie de personajes secundarios singulares, la Colombia de la década de 1980 como un personaje más. 

Medellín, la violencia va tomando las calles, las casas, los rincones de la vida cotidiana. Opciones hay pocas: morir o unirse, saber moverse entre el crimen organizado, aspirar a ser como los de arriba. 

La novela maneja un lenguaje claro, plagado de un caló, diálogos abundantes, y una profunda reflexión del narrador-personaje que no adentran a este mundo de violencia, amor, traición y drogas. Pero bueno parte de los temas son descritos a lo mínimo e implícitos, lo que convierte el texto en un ejercicio literario y no en una absurda descripción amarillista. 

La estructura también sobresale: inicia en un hospital, una mujer herida de bala –de tantas que atiende el área de emergencias- y en narrador-personaje, esa especie de objeto de deseo, romántico-maricón que presenta a la protagonista: Rosario… nadie sabe a ciencia cierta su apellido, pero se le conoce como Tijeras.

Esta mujer, además de guapa e inteligente, proviene de esa clase social destinada a la muerte, pero que sabe con quién relacionarse, cuándo estar dispuesta y cuándo no, y en especial, sabe cuándo jalar el gatillo.

Su fama le antecede: en los barrios bajos se le respeta, y en los altos se le acepta. Casi todos: la novela nos habla de ese contraste entre ricos y pobres, todos iguales a la hora del piquete.

Lo cotidiano, en esta novela que ha cumplido 11 años, parece surreal y más vigente cada día: violencia familiar, armas, pandillas, adoración de la muerte, pero a la vez el mundo de los ricos, el alcohol, las fiestas... y entre ellos, la aspiración por un auto, por un viaje, por tener a la mejor mujer. 

Con esos cambios del hospital a los flashbacks de los personajes, Rosario Tijeras se convierte en una novela del narcotráfico, pero también en una afanada denuncia social de falta de oportunidad y corrupción, de un grupo de personas que busca reinventarse y acabar con el otro, antes de que lo acaben a uno. 

Aquí la violencia física es prácticamente sugerida, pero los diálogos son tan vivos que te adentra en una violencia psicológica total, tal vez, más peligrosa que la anterior. 

Franco, considero, hace un excelente balance entre una historia verosímil y una narración literaria (una historia de narcotráfico, de amistas, de amor, de fraternidad, de una ciudad desgarrada desde su interior), siempre con un manejo de personajes y de situaciones que obliga a reflexionar, a pensar, a releer fragmentos.

Sin ser un hecho real, esta obra de ficción maneja muchos elementos de la realidad que la hacen especial, y además con un ritmo que invita continuar leyendo y a conocer qué más puede cortar el filo de esas tijeras…

miércoles, 28 de enero de 2015

Un homenaje lleno de amor: El olvido que seremos

Me habían recomendado al autor colombiano de extraño apellido: Héctor Abad Faciolince. Compré dos de sus textos y decidí empezar por El olvido que seremos (2003)

Una decisión completamente acertada: me topé con un estilo lento pero de un lenguaje sencillo. Diálogos adecuados, descripciones necesarias, reflexiones atinadas. Una voz narrativa en primera persona que, poco a poco, deja entrever sus fobias y filias, frente a uno de los seres más grandes  que haya tocado su vida: su padre.

La obra puede dividirse en dos partes. En la primera, está la recuperación del paso infantil y juvenil de un personaje (que el autor le presta la voz a su narrador) frente a 6 hermanas, madre trabajadora y un padre comprometido con su familia, con él en particular al ser el único hijo varón, y con su país: es un médico colombiano dispuesto a modificar las políticas públicas en salud en una época donde hablar de alimentarse bien y de hervir el agua podría ser ejemplo de trabajo subversivo o comunista.

En la segunda, casi en la edad adulta del narrador, se deja a un lado el tinte personal para hablar de un país convulsionante, un médico empeñado en que mejore la sociedad, las amenazas y los grupos paramilitares, incluso, las tribulaciones de un padre reciente y un hijo comprometido. La combinación de ambas resulta en un extraordinario homenaje a la vida, al compromiso, al amor familiar.

Es un texto, con más tintes de narración que de novela, que simplemente se disfruta entre líneas, viendo cómo los personajes van evolucionando para mostrar respeto y cariño, y sobre todo, admiración hacia la labor. Trabajador incansable, aunque sin un peso en la bolsa, siempre estaba dispuesto a apoyar si alguien le pedía. “Hay un único motivo por el que vale la pena perseguir algún dinero: para poder conservar y defender a toda costa la independencia mental, sin que nadie nos pueda someter a un chantaje laboral que nos impida ser lo que somos.” (130)

Y es que el mismo narrador reflexiona sobre el hombre, el padre, el médico, el abuelo, el desinteresado en el dinero, el comprometido con su ideología, y así como cada letra forma una palabra, así cada anécdota va dando el perfil de este singular personaje. “Esa manera de ir hundiendo sonidos, como en un piano, para convertir las ideas en letras y en palabras, me pareció desde el principio –y me sigue pareciendo- una de las magias más extraordinarias del mundo.” (21)
El padre murió muchos años atrás, pero el narrador nos dice que el texto fue madurando lentamente, hasta que decide enfrentar su pasado. “Las imágenes se han perdido. Los años, las palabras, los juegos, las caricias se han borrado, y sin embargo, de repente, repasando el pasado, algo vuelve a iluminarse en la oscura región del olvido.” (144)

Y de esa iluminación logra homenajear de la única manera real que tiene a su alcance: las palabras. “Creo que el único motivo por el que he sido capaz de seguir escribiendo estos años, y de entregar mis escritos a la imprenta, es porque sé que mi papá hubiera gozado más que nadie al leer todas estas páginas mías que no alcanzó a leer. Que no leerá nunca. Es una de las paradojas más tristes de la vida: casi todo lo que he escrito lo he escrito para alguien que no puede leerme, y este mismo libro no es otra cosa que la carta a una sombra.” (22).

El texto dividido en capítulos, algunos de ellos con nombre, otros simplemente con números, hace un recuento de esa vida familiar, de la relación padre, la vida de un país que se debate entre la violencia y la solidaridad. Con algunos epígrafes, canciones o poemas, Abad Faciolince hace gala un amplio conocimiento literario, partiendo de la famosa frase de Borges: “ya somos el olvido que seremos”.

A fin de cuentas, esta historia va más allá del pasado, y en forma honesta nos hace reflexionar en cómo un padre puede amar a sus hijos, y cómo los hijos permiten que ese amor esté siempre presente, nunca en el olvido.

viernes, 1 de agosto de 2014

La tormenta: Colombia desde 4 visiones



La tormenta (2013) es un texto de corte periodístico y anecdotario del famoso comunicador colombiano Germán Castro Caycedo. Es también la visión de Colombia de las décadas de 1980 y 1990. Y con una cruda visión realista, la experiencia de 4 mujeres que han vivido la situación del país desde diferentes perspectivas. 

Combinando el diálogo (con un toque de entrevista) y las descripciones necesarias, el maestro nos presenta  cuatro casos muy concretos: una mujer de clase alta dispuesta a apoyar a los paramilitares; una mujer que lo pierde todo y que además es perseguida por tener una organización civil a favor de otras mujeres desamparadas; una política secuestrada por largo tiempo en nombre de la revolución; y una madre dispuesta a todo con tal de esclarecer el crimen de su hijo militar.

Estas anécdotas recopiladas por Castro Caycedo se convierten en poderosas visiones de un conflicto complejo, lleno de actores que intercambian posiciones y, que al estar narradas en primera persona, nos vislumbra la guerrilla, los militares, los paramilitares, el gobierno, la familia, , las individuales… todo se conjuga para mostrarnos una realidad que, lamentablemente, continua repitiéndose en diversos países de América Latina. 

Además nos invita a plantearnos ¿hasta qué estamos dispuestos con tal de recuperar a un hermano, a un hijo, la libertad o la lucha por aquello que consideramos correcto? De una u otra forma, nos enfrentamos a una humanidad no-ficcional, es decir, tan real como las historias que nos presentan.

Aquí no hay clases sociales, género –a pesar de estar contadas por mujeres-, ingreso anual, convicción política o código ejercido, aquí hay desesperación, inhumanidad, corrupción, ignorancia, esperanza, fe, insistencia, valor, miedo, ideología, falsedad… esto y más vamos conociendo en testimonios reales de nos dicen: nadie está a salvo, todos pueden ser víctimas de una u otra forma.

Y es que una tormenta no respeta automóvil o partido, convicción o visión personal, únicamente cae, con todo su peso, sobre los involucrados.

Más que victimizar, este texto muestra una realidad, una especie de denuncia a revisar qué tanto nos podemos comprometer como ciudadanos para construir un mundo de paz, qué tanto nos podemos “salvar” de la tormenta que envuelve a todos, qué tan humanos podemos ser enfrente a la desesperanza. 

Un texto ágil, recomendable, que lo mismo te hace molestarte que llorar, pero en especial, nos hace reflexionar sobre el poder, la fuerza y la forma en que podemos enfrentar a la tormenta.